“Dígalo con mindfulness”

Recordemos con gusto la actividad lúdica y divertida que nos insta a comunicarnos sin utilizar el lenguaje hablado. Si lo pensamos durante unos instantes, nos saca de nuestra zona de confort, nos desautomatiza y nos obliga a transmitir lo que queremos, así como a percibir lo que nos dicen los demás, utilizando otros recursos a los que por lo general no recurrimos: los gestos, las muecas, los guiños, incluso los suspiros.

De manera similar podemos tener un acercamineto a descubrir una capacidad innata que todos los seres humanos poseemos y que nos permite darnos cuenta de los miles de estímulos externos e internos que nos ocurren momento a momento, los cuales, en su gran mayoría, nos pasan desapercibidos, lo que resulta lamentable, porque son parte de nuestra existencia.

La directriz que sigo a lo largo de este texto, es que no llamaré a este rasgo, estado de conciencia y/o concepto, por su nombre o definición, precisamente para intentar trascender el ámbito de las palabras, que si bien representan una herramienta poderosísima, también tienen la limitante de querer encajonar y acotar lo que ocurre en la realidad, nombrándolo.

Bien sabemos que los fenómenos no son sus apelativos; son mucho más complejos y poseen características que intentamos resumir en una sola definición, lo cual es pertinente cuando es necesario referirnos a ellos. Sin embargo, cuando deseamos profundizar en su naturaleza misma, o experimentarlos, entonces nombrarlos es apenas el inicio de su exploración.

En el caso que nos ocupa aquí, el de hablar de esta habilidad que podemos cultivar mediante la práctica decidida, inteligente y ya comprobada por muchas generaciones a lo largo de más de 2,500 años, sorprende que su propuesta se base, fundamentalmente, en permanecer alertas, sin hacer nada para interferir o modificar lo que sucede, instante tras instante, tanto a nuestro alrededor como adentro de uno(a) mismo(a).

Va en contra de nuestros condicionamientos como hijos, alumnos, pacientes, ciudadanos, colegas, amigos, empleados, funcionarios, políticos y de toda clase de roles individuales y colectivos que nos han y nos hemos asignado para (sobre) vivir en el mundo “civilizado”: permanecer inmóviles, así sea sólo por algunos momentos.

Sabemos, por experiencia propia, que el universo está en constante movimiento y transformación, que todo cambia tarde que temprano, pero olvidamos con frecuencia que detenerse para prestar y prestarnos interés con curiosidad también es parte de este cambio constante.

No hay manera de comprender lo que significa parar y fijarse en lo que acontece hasta que se pone a prueba. Podemos escuchar durante días, meses y años hablar a alguien más sobre esta actividad, pero jamás asimilaremos sus posibles significados hasta que no la practiquemos por nuestra cuenta, bajo nuestro propio riesgo (y ganancia, por supuesto).

Pero de eso se trata, precisamente, de experimentar lo que nadie puede vivir en nuestro lugar: no hay respuestas correctas ni érroneas, simplemente cada quien tendrá las que le corresponden a partir de las circunstancias determinadas en las que se encuentre en un instante preciso.

Permitir que la realidad sea tal y como lo es en el momento presente, sin resistirnos a ella ni a sus condiciones, es uno de los posibles resultados de inmovilizarse y de poder ver lo que ocurre de manera deliberada. Es una cuestión tan simple que nos parece nimia e intrascendente, precisamente porque estamos acostumbrados a creer que únicamente lo complicado y aquello que cuesta muchísimo esfuerzo lograr, puede brindarnos frutos valiosos.

En contra parte, puede parecernos todo un reto permanecer en quietud y a la expectativa de los hechos que se suceden continuamente en el presente, incluso durante algunos minutos: no sabemos (porque no nos damos el tiempo para hacerlo con frecuencia) estar, única y exclusivamente con nosotros(as) mismos(as) y nuestras experiencias.

Pensemos además en términos de nuestra evolución como seres humanos. Gracias al proceso evolutivo de alrededor de 2 millones de años, contamos con un cerebro que nos permite hacernos conscientes de que existimos, así como del mundo que nos rodea. No obstante, todavía queda mucho camino que recorrer para humanizarnos por completo, en el sentido de que aún nos dejamos dominar por nuestros impulsos más primitivos y viscerales, así como por nuestros sentimientos y emociones, antes que conducirnos por lo que opina nuestra razón. De tal manera que reaccionamos en lugar de responder, casi siempre de manera instantánea e irreflexiva, sin dar tiempo a contemplar opciones, con resultados que pueden ser desastrozos: los ejemplos que reproducen cotidianamente los noticieros mediáticos, abundan.

Lo más curioso de las prácticas para cultivar la capacidad de observar lo que transcurre en el presente, es que implica el no hacer, en lugar de hacer, lo que resulta enigmático y paradójico cuando nos acercamos, en primera instancia, a conocerlo y descubrir sus resultados a partir de nuestros condicionamientos educativos.

Parafraseando a Mahatma Gandhi cuando se refería a la manera en que debíamos concebir a la paz como la alternativa a los conflictos: no hay un camino único y definido para llegar a mirar lo que ocurre en el momento presente, dedicarnos a observarlo es el camino.

Genaro Zenteno

(55) 4333-2490

info@reducciondeestres.com

Comparte este artículo

Testimonios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *